
"No me arrepiento de las cosas que he hecho, pero sí de las que no he hecho. Esquiar, por ejemplo".
Artista plástico. 88 años. A los 23 años viajó a París con la poeta Blanca Varela (1926-2009), en ese entonces su esposa. Ha expuesto su obra en diversos museos del mundo. En 1996, su hijo Lorenzo falleció en un accidente aeronáutico. Asegura que la pintar le permitió sobrellevar la pérdida. En 2010, fue presidente de la Comisión del Lugar de la Memoria, museo que busca rendir tributo a las víctimas del conflicto armado interno. Está casado con Liliana Yábar. No cree en el arte contemporáneo, tampoco en dioses. Conversamos con él antes de que fuese internado en una clínica. Hoy, está en casa recuperándose.
Usted tiene un archivo de Word donde anota los nombres de las personas de su entorno que fallecen. El nombre del archivo es Fantasmas.
Sí, son todas las personas que he querido y que han muerto. Es un archivo que no deja de crecer. Van como 60 personas. Es terrible. Es gente que ha sido muy importante en mi vida y que siempre recuerdo, que siempre aparecen de una manera u otra.
¿Cómo?
Mi hijo Lorenzo aparece todos los días. Blanca [Varela] también, más aun cuando leo su poesía.
¿La lee a menudo?
Sin duda.
Mi hijo Lorenzo aparece todos los días. Blanca [Varela] también, más aun cuando leo su poesía.
¿La lee a menudo?
Sin duda.
¿Se siente reflejado en algún poema?
Desgraciadamente, sí. No siempre con mucho cariño [ríe].
En varias entrevistas usted ha dicho que le falta tiempo para seguir creando. ¿Sigue pensando lo mismo?
Sí. Cada vez tengo menos esperanzas de hacer lo que quiero hacer. No me arrepiento de las cosas que he hecho, pero sí de las que no he hecho. Cosas tontas, superficiales, no sé cómo llamarlas. Me hubiera gustado esquiar, por ejemplo. Cuando viví en Europa había nieve cerca, pero en esa época era muy pobre. Cuando pude, ya estaba muy viejo.
Muchos artistas son introvertidos, casi no salen de casa o su taller. Sin embargo, usted viaja con frecuencia, presenta muestras, acude a eventos sociales.
Trato de estar activo. Ahora no tanto porque no he estado bien de salud. Pero como estoy todo el día metido en mi estudio, me dan ganas de salir en la noche. Hay infinitas maneras de encarar el oficio del arte.
Acaba de inaugurar una muestra en Los Angeles.
Sí. Es una exposición con mi obra más reciente. Son once cuadros. El más antiguo es del año 2012, los demás son de este año. Son enormes. Hay uno de dos por cuatro metros. La exposición va a estar hasta mediados de julio.
¿Se pueden comprar?
Claro, claro. Se han vendido algunos, felizmente.
Si no es indiscreción, ¿se puede saber en cuánto?
Depende del tamaño, pero te puedo decir algo: valen lo mismo en Lima y en Los Angeles.
En estos últimos trabajos, ¿qué ha tomado como insumo para crear?
El arte es la experiencia humana cristalizada. Es todo. Dolor, alegría, lecturas, música, vivir. Todo lo que alimenta el espíritu humano. Uno de mis últimos cuadros, por ejemplo, tiene el nombre de un cuarteto de Schubert que siempre me ha gustado: La muerte y la doncella.
¿Le interesa el arte contemporáneo?
¿El arte más reciente? No me interesa. Lo encuentro muy frívolo. Me parecen juguetitos. No tienen significado, no quieren tener significado. El “significado” que buscan suele estar al costado de la obra: un texto escrito por un curador. Me interesa el arte que emociona con solo verlo, no uno que necesite ser explicado con palabras para entenderlo. Uno puede sentirse profundamente conmovido con una pieza de Schubert y ser incapaz de expresarlo por escrito. Eso mismo pasa al ver cuadros con significado.
¿El arte que se hace en estos días le parece frívolo o fraudulento?
Ese arte contemporáneo en particular me parece frívolo. Aunque el origen no lo es. Una de las primeras instalaciones la hizo el alemán Joseph Beuys, un tipo muy dramático. Esas obras tenían significado. Pero si ahora ves una obra de Beuys y la comparas con estos chicos de ahora como Hirsch o Koons, bueno, ves que no hay significado.
¿Siente que hay una crisis de significado?
Nos hemos informado demasiado, pero no le hemos dado significado. En el camino se nos debe haber escapado. Es una pena por los jóvenes porque siento que no están gozando la plenitud de muchas cosas. Desde el arte hasta el sexo. Pero creo que el significado va a volver. Como las modas.
Está releyendo Por quién doblan las campanas, de Ernest Hemingway. ¿Qué ha redescubierto en ese libro?
Que es otro libro. Siempre pasa, ¿no? Lo leí cuando salió, en los años cuarenta, y nunca más volví a leerlo. Volví a este libro porque estuve leyendo una biografía de Hemingway, así que me provocó leer Por quién doblan las campanas. Es un libro precioso. Me encanta Hemingway.
Hace unos años, usted tenía en su iPad En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.
Ahí lo tengo. Siempre lo leo.
¿Qué encuentra en Proust?
Todo. Cosas que siempre me han interesado mucho: la fugacidad de la vida, la presencia permanente de la muerte, la imposibilidad de vivir lo mismo dos veces. Mire, a Sainte-Beve, un crítico francés del siglo XIX, se le acercó una vez un joven novelista y le dijo "quisiera entregarle una novela que he escrito, quisiera que la lea y la comente". Sainte-Beve le responde: "se equivoca, joven, yo ya no leo, solo releo".
Interesante. ¿Usted también se ha vuelto selectivo con la edad?
Claro. Hasta los 50 años, para mí era una blasfemia no terminar un libro. Hoy, si un libro no me habla en las primeras páginas, lo dejo.
¿Qué cosa le preocupa?
Todo me preocupa. La política me preocupa. Por ejemplo, siento que se ha perdido mucho tiempo en saber si Nadine Heredia postula o no postula, en estas ambigüedades sobre la candidatura. Falta más de tres años y la gente ya piensa en eso. Otro tema ambiguo es el indulto a Fujimori. Me da mucha pena que se pierda demasiado tiempo en estas discusiones.
¿El ex presidente Fujimori debe ser indultado?
No hay ninguna razón para indultar a una persona que ha sido condenada por todas las cosas que ha hecho. A menos que esté enfermo gravemente, cosa que no se ha demostrado. El señor escribe cartas, tiene una prisión de lujo…
Es un artista también.
Hace dibujitos, claro. Qué decirle. No hay posibilidad de indulto.
Usted está siempre al corriente de lo que pasa en la política, la cultura, la condición humana. Se le nota preocupado. ¿En algún momento baja la guardia?
No. Jamás. Eso sí que no. Es una compulsión.
Desgraciadamente, sí. No siempre con mucho cariño [ríe].
En varias entrevistas usted ha dicho que le falta tiempo para seguir creando. ¿Sigue pensando lo mismo?
Sí. Cada vez tengo menos esperanzas de hacer lo que quiero hacer. No me arrepiento de las cosas que he hecho, pero sí de las que no he hecho. Cosas tontas, superficiales, no sé cómo llamarlas. Me hubiera gustado esquiar, por ejemplo. Cuando viví en Europa había nieve cerca, pero en esa época era muy pobre. Cuando pude, ya estaba muy viejo.
Muchos artistas son introvertidos, casi no salen de casa o su taller. Sin embargo, usted viaja con frecuencia, presenta muestras, acude a eventos sociales.
Trato de estar activo. Ahora no tanto porque no he estado bien de salud. Pero como estoy todo el día metido en mi estudio, me dan ganas de salir en la noche. Hay infinitas maneras de encarar el oficio del arte.
Acaba de inaugurar una muestra en Los Angeles.
Sí. Es una exposición con mi obra más reciente. Son once cuadros. El más antiguo es del año 2012, los demás son de este año. Son enormes. Hay uno de dos por cuatro metros. La exposición va a estar hasta mediados de julio.
¿Se pueden comprar?
Claro, claro. Se han vendido algunos, felizmente.
Si no es indiscreción, ¿se puede saber en cuánto?
Depende del tamaño, pero te puedo decir algo: valen lo mismo en Lima y en Los Angeles.
En estos últimos trabajos, ¿qué ha tomado como insumo para crear?
El arte es la experiencia humana cristalizada. Es todo. Dolor, alegría, lecturas, música, vivir. Todo lo que alimenta el espíritu humano. Uno de mis últimos cuadros, por ejemplo, tiene el nombre de un cuarteto de Schubert que siempre me ha gustado: La muerte y la doncella.
¿Le interesa el arte contemporáneo?
¿El arte más reciente? No me interesa. Lo encuentro muy frívolo. Me parecen juguetitos. No tienen significado, no quieren tener significado. El “significado” que buscan suele estar al costado de la obra: un texto escrito por un curador. Me interesa el arte que emociona con solo verlo, no uno que necesite ser explicado con palabras para entenderlo. Uno puede sentirse profundamente conmovido con una pieza de Schubert y ser incapaz de expresarlo por escrito. Eso mismo pasa al ver cuadros con significado.
¿El arte que se hace en estos días le parece frívolo o fraudulento?
Ese arte contemporáneo en particular me parece frívolo. Aunque el origen no lo es. Una de las primeras instalaciones la hizo el alemán Joseph Beuys, un tipo muy dramático. Esas obras tenían significado. Pero si ahora ves una obra de Beuys y la comparas con estos chicos de ahora como Hirsch o Koons, bueno, ves que no hay significado.
¿Siente que hay una crisis de significado?
Nos hemos informado demasiado, pero no le hemos dado significado. En el camino se nos debe haber escapado. Es una pena por los jóvenes porque siento que no están gozando la plenitud de muchas cosas. Desde el arte hasta el sexo. Pero creo que el significado va a volver. Como las modas.
Está releyendo Por quién doblan las campanas, de Ernest Hemingway. ¿Qué ha redescubierto en ese libro?
Que es otro libro. Siempre pasa, ¿no? Lo leí cuando salió, en los años cuarenta, y nunca más volví a leerlo. Volví a este libro porque estuve leyendo una biografía de Hemingway, así que me provocó leer Por quién doblan las campanas. Es un libro precioso. Me encanta Hemingway.
"No me gusta mandar ni ser mandado. Por eso mi oficio es solitario. Si quiero pinto, si no quiero no pinto. Que pinte todos los días es una bendición, o una maldición, pero nadie me dice lo que tengo que hacer".
Hace unos años, usted tenía en su iPad En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.
Ahí lo tengo. Siempre lo leo.
¿Qué encuentra en Proust?
Todo. Cosas que siempre me han interesado mucho: la fugacidad de la vida, la presencia permanente de la muerte, la imposibilidad de vivir lo mismo dos veces. Mire, a Sainte-Beve, un crítico francés del siglo XIX, se le acercó una vez un joven novelista y le dijo "quisiera entregarle una novela que he escrito, quisiera que la lea y la comente". Sainte-Beve le responde: "se equivoca, joven, yo ya no leo, solo releo".
Interesante. ¿Usted también se ha vuelto selectivo con la edad?
Claro. Hasta los 50 años, para mí era una blasfemia no terminar un libro. Hoy, si un libro no me habla en las primeras páginas, lo dejo.
¿Qué cosa le preocupa?
Todo me preocupa. La política me preocupa. Por ejemplo, siento que se ha perdido mucho tiempo en saber si Nadine Heredia postula o no postula, en estas ambigüedades sobre la candidatura. Falta más de tres años y la gente ya piensa en eso. Otro tema ambiguo es el indulto a Fujimori. Me da mucha pena que se pierda demasiado tiempo en estas discusiones.
¿El ex presidente Fujimori debe ser indultado?
No hay ninguna razón para indultar a una persona que ha sido condenada por todas las cosas que ha hecho. A menos que esté enfermo gravemente, cosa que no se ha demostrado. El señor escribe cartas, tiene una prisión de lujo…
Es un artista también.
Hace dibujitos, claro. Qué decirle. No hay posibilidad de indulto.
Usted está siempre al corriente de lo que pasa en la política, la cultura, la condición humana. Se le nota preocupado. ¿En algún momento baja la guardia?
No. Jamás. Eso sí que no. Es una compulsión.